Promoviendo el odio de clases, exaltando la identificación materialista e impulsando el fanatismo, se instaló en el país una prédica divisionista que pone anteojeras y tapones para que la conciencia personal le pierda el respeto al candidato adversario y no llegue a detectar la parte de razón que él pueda aportar.
No es propio del Uruguay que hizo hábito y orgullo de sus instituciones liberales, esto de que se nos hayan instalado estilos tutoriales.
En lo superficial, la desgracia se trasunta en lo chabacano y grosero del lenguaje en que se empecina un candidato, que hasta incurre en lo escatológico en el sentido de “perteneciente o relativo a los excrementos y suciedades”: lo cual pudo ser pintoresco hasta que se hizo aberrante.
En lo profundo, eso ha empobrecido el pensamiento colectivo, al limitar el horizonte de sentimientos y conceptos desde los cuales vive el uruguayo de hoy y al faltarle a la opinión pública un discurrir abierto sobre lo que vendrá. El joven no se educa en la escuela ciudadana de los clubes: los baluartes permanentes han sido sustituidos por letreros pintados en casas con vigencia apuradamente preelectoral. La ciudadanía no aviva el seso por las columnas editoriales: la prédica orientadora ha cedido su espacio a los comentarios de sociólogos medidores y politólogos sin compromiso, que adormecen las conciencias en el caldillo resignado de la descripción de lo que va siendo ¡en vez de inflamar los ánimos con lo que debe ser!
Ejemplo extremo es lo que ocurrió con el libro “Pepe coloquios”: el singular personaje que suma mayoría en el Frente Amplio apareció diciendo “estupideces” en un disparatario mayor donde prendió cartucho hasta a sus correligionarios y los custodios presidenciales. Al otro día el tema no fue lo notorio de la ineptitud de semejante candidato para fungir de Presidente. No: los encuestólogos instalaron como interrogante si la andanada de vitriolo que esparció a los cuatro vientos le iba a costar votos o no. La discusión valorativa sobre la falta de condiciones de Mujica para encaramarse en el poder se reemplazó así por la pregunta neutra sobre los efectos funcionales que podría proyectar en sus votantes la difusión de su verdadero ideario
Así hemos llegado a que el Uruguay no se divida hoy tanto por la fiereza de sus debates ideológicos ni de sus combates políticos como por la atonía de un lema que, mientras vitupera a los gobiernos de sus adversarios, traga, digiere y metaboliza irracionalidades, casinos y Maciel, justificando todo por la dialéctica del poder -que ya no es la intrincada de Hegel sino la ramplona de “Vale tudo”.
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Esto tiene dividido al país, no sólo en torno a las diferencias entre dos candidatos y dos estilos sobre los cuales la ciudadanía ha de pronunciarse en pocas semanas.
Lo ha dividido en el fondo de las conciencias que se mantienen lúcidas más allá de sus sentimientos de izquierda, de centro o de derecha.
Lo ha dividido como nación y lo ha angustiado como proyecto, ya que es evidente que con los actuales niveles de educación formal, con el empobrecimiento del diálogo público y con los servicios sin vibrato, el Uruguay no está compitiendo con las naciones más civilizadas de Europa, como lo hizo en tiempos de José Batlle y Ordóñez, ni se clasifica entre los países que emergieron en los últimos 50 años, como Finlandia o Corea.
Y bien.
Cuando un país está dividido, es un deber cívico intentar su síntesis.
No pueden hacerla los fanatizados por las doctrinas sobre toma del poder, hoy descendientes gramscianos del proyecto de “dictadura del proletariado” que encegueció a Marx hace 160 años y proveyó plataforma a tantos tiranos desde un siglo atrás.
No puede intentarla una “fuerza política” que tiene como líder y adalid a un ciudadano que prueba públicamente que no sabe discurrir, en el sentido de “reflexionar, pensar, hablar acerca de algo, aplicar la inteligencia”.
El trabajo de síntesis es misión a asumir por los hombres que nos educamos en la libertad, entendida no sólo como respeto por el adversario sino como apertura del alma para oírle razones y como ensanche constante del horizonte de comprensión para buscar la justicia.
Como programa profundo más allá de lo instrumental, eso fue para nosotros el Batllismo: recogió el reclamo de paz y voto en vez de montonera y revolución; promovió el capitalismo sin hacerse empresista; sentó la legislación laboral sin guerra de clases; creó empresas del Estado amadas por su pueblo más allá de errores; fue fanático de la legalidad.
Más que de izquierda o de derecha, fue de Derecho y de razón. Puso por encima de las luchas de intereses y los enfrentamientos clasistas, el valor de la justicia. Actuó sin reducción al materialismo ni al positivismo sino con una fuerte vocación por los deberes incondicionados y los valores espirituales. Así lo demostró Arturo Ardao cuando rectificó el error corriente de identificar a Batlle con las ideas de Comte porque había asistido a clases de su discípulo Littré, en los años en que este reeditaba en París el “Curso de Filosofía Positiva”.
Batlle no abrazó nunca la razón helada de la física social comtiana. Cultivó el sentimiento. Anticipó la razonabilidad. Si polemizó con la religión católica, no por eso dejó de vibrar de religiosidad cuando escribió “Cómo se adora a Dios” o “Mi religión”. En eso, el panorama íntimo de Batlle anticipó la búsqueda anímica y metafísica del hombre de hoy.
Desde luego, la síntesis la hizo el Uruguay guiado no por un solo hombre ni un solo partido. La hizo por el tránsito simultáneo de muchos gestores con mente abierta, capaces de sostener tesis contrapuestas y de sustentar sus verdades a contramano del qué dirán.
La valentía se manifestaba en la polémica: Luis Alberto de Herrera, Juan Zorrilla de San Martín, Emilio Frugoni, Juan Andrés Ramírez y tantos más caminaron ¡a la vez! por nuestras calles y dijeron en voz alta lo que pensaban, bruñendo el alma colectiva de un gran país.
Pues bien.
Hoy necesitamos una nueva síntesis.
Para lograrla, debemos confluir mucho más allá de las urnas.
Porque cualquiera sea el resultado de los comicios, nuestro deber no cambia: servir la libertad.
Repetimos: la libertad no sólo como respeto sino como método para buscar juntos la verdad y la justicia.
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El Batllismo no es cuestión de nombre. Hace más de medio siglo que hombres formados en su pensamiento, iniciaron, insatisfechos, el éxodo en distintas direcciones. Con su identidad marcharon a tiendas muy diversas.
A su vez, el Batllismo abandonó sus rutas.
Un día de 1966, sus líderes dominantes dejaron la convicción colegialista, olvidando que había nacido ella para despersonalizar el poder y que el unicato había sido “fuente de nuestros más crueles infortunios”, al decir de Batlle. Antes de los siete años, el Presidente Bordaberry, perjuro, daba un golpe de Estado e inauguraba una dictadura aun más cruenta que aquellas que combatió Batlle desde los tiempos de el Quebracho.
Sobre la marcha, el Batllismo dejó el hábito de reunir a la Convención.
Después, dejó la prédica. Nada de escuela ciudadana. Cónclaves íntimos.
Del 48 al 66 vivió en fractura. Del 71 en adelante inició el éxodo. Tras los años sin elecciones, desde 1985 en los grandes temas el Uruguay retomó su tradición de país razonable y su diálogo a la usanza batllista. Tuvo prohombres capaces del sacrificio y la grandeza para construir la salida: Wilson a la cabeza y Batlle y Seregni en primera línea de los excluidos.
Eso sí: en paralelo, el cogollo filosófico del Batllismo se fue abandonando. La moda de los técnicos apolíticos y los cantos de sirena del economismo puro sedujeron a muchos dirigentes. Hablar de principios y valores permanentes quedó fuera de moda.
A la vista de la laya de país a que llegamos por esas vías, el pensar y el sentir batllistas deben fortalecerse en su actual diáspora, volviendo a reflexionar en la plaza, con la mirada puesta en la clase de alma que queremos ser como personas y como nación.
Y porque creemos mucho más en las convicciones que en las dádivas o puestos de ningún gobierno habido o por venir, debemos movilizarlo desde el llano, luchando para que, en todos los campos, la palabra ordenada –del poema a la tesis, del himno a la lógica- ilumine y ponga en marcha a este pueblo que no supo de resignaciones cuando estuvo a la cabeza del Continente.
Querido Negro: Lo tuyo clarito como siempre. Un gran abrazo, Claudio
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